Hay noticias que duelen. Hay otras que dejan un silencio difícil de explicar.
La muerte de Roberto “El Dete” Bordón, comunicador social de Vera, no es solamente la pérdida de un hombre que hacía radio. Es el golpe a una comunidad que durante años lo escuchó, lo conoció y lo reconoció detrás de un micrófono, poniendo voz a las preocupaciones, los reclamos y las historias de su ciudad.
Mataron a un comunicador social. Y detrás de él, toda una sociedad lo lamenta y permanece consternada.
Roberto era “El Dete”. Un apodo que tenía una explicación: detective de la realidad cotidiana, de aquello que muchas veces pasaba desapercibido, pero que él buscaba, preguntaba e investigaba para ponerlo al aire.
Desde la radio, hacía “periodismo” con una mirada profundamente ligada a su Vera natal. Preguntaba. Insistía. Señalaba problemas. Buscaba respuestas. Daba lugar a quienes necesitaban ser escuchados.
Y quizás allí esté una de las dimensiones más dolorosas de esta historia: cuando se apaga la voz de un comunicador, no solamente se pierde una persona; también se pierde una voz de la comunidad.
Hoy Vera está conmocionada.
Porque Roberto no era solamente quien hablaba por radio. Era parte de esa trama cotidiana que une a una ciudad: las noticias, los comentarios, los reclamos, las opiniones, las historias de los vecinos y esa particular manera de contar lo que ocurre en el lugar donde uno vive.
En tiempos donde muchas veces se reclama que alguien diga lo que otros prefieren callar, comunicadores como “El Dete” asumieron ese desafío desde su lugar y con su propio estilo.
Investigar para contar. Preguntar para saber. Hablar para que otros sean escuchados.
Su partida deja dolor, pero también deja preguntas.
Preguntas que deberán ser respondidas por quienes tienen la responsabilidad de investigar lo ocurrido y garantizar que la verdad salga a la luz.
Mientras tanto, queda el recuerdo de aquel “Dete” que convirtió su curiosidad en una herramienta de comunicación y que hizo de su ciudad el centro de muchas de sus preocupaciones.
Hoy ya no está su voz detrás del micrófono.
Pero queda una comunidad que lo escuchó.
Y cuando una comunidad pierde a uno de sus comunicadores, el silencio que queda también habla.
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