La reciente detención de una oficial de la Policía de Investigaciones (PDI), sospechada de haber filtrado información vinculada a los allanamientos contra el microtráfico en Avellaneda, vuelve a poner sobre la mesa una discusión incómoda pero necesaria: ¿qué ocurre dentro de las propias fuerzas de seguridad?
Los números del operativo son contundentes. Dieciocho allanamientos simultáneos, dos detenidos y el secuestro de aproximadamente 60 gramos de cocaína y 16,4 gramos de marihuana. Sin embargo, detrás de esos resultados aparece una realidad mucho más compleja y dolorosa.
En el marco de esa investigación, dos efectivos policiales perdieron la vida en un accidente vial mientras se dirigían a cumplir con su tarea. Otros dos resultaron gravemente heridos. Policías que estaban trabajando, que habían dejado a sus familias para participar de un procedimiento judicial y que, según relatan habitualmente los propios integrantes de las fuerzas, muchas veces deben recorrer cientos de kilómetros, cumplir extensas jornadas y afrontar operativos de alto riesgo con pocas horas de descanso.
Por eso la noticia de una presunta filtración interna genera una indignación especial. Porque no se trata solamente de una posible falta administrativa o de una conducta individual reprochable. Si la acusación se confirma, se estaría ante una traición que golpea directamente la confianza entre compañeros y compromete el trabajo de quienes arriesgan su vida en cada procedimiento.
El debate no debería centrarse únicamente en la droga secuestrada o en la cantidad de detenidos. También debe abordar las condiciones en las que trabajan los policías. Es frecuente escuchar reclamos sobre jornadas interminables, traslados permanentes de una punta a otra de la provincia y la exigencia de participar en operativos complejos después de haber pasado horas al volante o sin el descanso adecuado.
La sociedad suele exigir resultados inmediatos frente al delito, y con razón. Pero pocas veces se analiza qué sucede con quienes tienen la responsabilidad de enfrentar a las organizaciones criminales. Un policía agotado es un policía más vulnerable. Y cuando a ese desgaste se suma la sospecha de que desde adentro alguien puede alertar a los investigados, la situación adquiere una gravedad aún mayor.
La enorme mayoría de los hombres y mujeres que integran las fuerzas de seguridad cumplen su tarea con profesionalismo y compromiso. Son ellos quienes terminan pagando el costo más alto cuando aparecen casos de corrupción, connivencia o filtración de información. Porque cada episodio de este tipo erosiona la credibilidad de toda la institución y siembra dudas sobre el trabajo de quienes sí honran el uniforme.
Las investigaciones judiciales deberán determinar responsabilidades y garantizar todas las garantías procesales correspondientes. Pero más allá de lo que resuelva la Justicia, este caso deja una reflexión inevitable: mientras algunos policías dejan la vida o arriesgan su integridad física para combatir el delito, otros son señalados por colaborar con quienes deberían perseguir.
Y esa es, quizás, la forma más dolorosa de traición. Porque el enemigo ya no está solamente afuera. También puede estar dentro de la propia fuerza.
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