Un lector del portal Fm vida se expresó en tal sentido






En las últimas horas circula un irreproducible video que muestra el momento en que tres hombres, a bordo de una lancha, encuentran el cuerpo sin vida de Marcelo Boschi que era intensamente buscado. La comunidad estaba conmocionada. La familia, desesperada. El desenlace era temido por todos. Pero lo que se escucha en el video viralizado no fue silencio respetuoso, ni llamado inmediato a las autoridades, ni gesto de humanidad. Fue risa. Fue burla. Fue una frase que hoy indigna: “Vinimos a pescar y pescamos a un ahogado”, se escucha decir entre carcajadas.

No se trata solo de mal gusto. Se trata de la pérdida de empatía. De la incapacidad de tomar dimensión del sufrimiento ajeno. De no poder ver que detrás de un cuerpo hay hijos, hay padres, hay amigos, hay una historia.

En comunidades pequeñas y con el acercamiento que nos dan las redes, el dolor no es abstracto. Tiene nombre y apellido, circula por las mismas calles, se sienta en los mismos bancos de la plaza, va a los mismos bares, por eso duele más. Porque no es un hecho lejano: es una herida compartida.

La pregunta que queda flotando no es jurídica, es ética.

¿Qué nos pasa cuando la tragedia se convierte en espectáculo?

¿Qué estamos naturalizando cuando el celular se enciende antes que la conciencia?

No se trata de señalar con odio, sino de recuperar algo esencial: el respeto por la muerte y por el dolor de quienes quedan. Porque si la risa reemplaza a la compasión, el problema ya no es de tres personas. Es cultural.

Una comunidad se mide también por cómo trata a sus muertos. Y, sobre todo, por cómo acompaña a los vivos.