El escritor y periodista santafesino presenta su cuarto libro, "Daiana, de qué planeta viniste", que tiene como hilo conductor el fútbol.
En el marco de la segunda feria de libro realizada este fin de semana el Fortín Olmos, el escritor y periodista Claudio Cherep presento su reciente creación literaria, “Daiana de que planeta viniste”. Durante la tarde del viernes lo hizo en la escuela 1050 del Paraje 29 y posteriormente el sábado en el cierre de la feria en Fortín Olmos.

Presentación en Paraje 29, donde además obsequiaron el libro a docentes y alumnos.
Cherep nuevamente sale a la cancha de la literatura de la mano de "Daiana, de qué planeta viniste", un libro de 14 cuentos que fue “editado en una editorial porteña, pero con todos textos santafesinos”, según lo destaca el mismo.
El “Turco”, con alma de jugador de fútbol, corazón de barrio y rescatista de historias mínimas, desde hace muchos años está sumergido en el mundo de los libros. En esta oportunidad el libro está prologado por otros grandes del periodismo y literatura de cuna porteña: Ariel Scher y Alejandro Apo.

Representación teatral en Fortín Olmos, con Viviana Marchetti en el personaje de “Daiana” y Gustavo Puchott como “Jonás”, bajo la dirección de Ana María Armas.
La presentación en Fortín Olmos, estuvo acompañada por una representación teatral de la mano de Ana María Armas de Rivas, con el acompañamiento de los docentes Cristian Puchott y Viviana Marchetti como actores en escena. Luego de esa pequeña representación, montado en el escenario con una escenografía apropiada, llego el turno de la presentación propiamente dicha de la mano del “Turco”, que estuvo acompañado por el presidente de comuna Rodrigo Acevdo, quien oficio de una suerte de entrevistador.
Cherep, deja una breve reseña de Daiana: “Es un libro que contiene varios textos que venía trabajando durante mucho tiempo. Todos están anclados en la provincia de Santa Fe, en la propia ciudad y en el norte provincial, un lugar que me gusta mucho”.
El autor cuenta que "Daiana es una piba chamamecera y futbolera que se conoce con un pibe en una bailanta en Fortín Olmos, y a partir de esa relación, que al principio empieza a las piñas, nace un romance. El resto hay que leerlo”. Y luego profundiza en el eje inspirador de esta historia: “es un reflejo de los últimos años del rol de la mujer en el fútbol”.
El primer libro de Claudio Cherep fue La Pulpo, una publicación editada por la UNL en el nacimiento de este siglo. Para el autor, ese debut literario y el actual trabajo “solamente se parecen en el rescate de la esencia popular y barrial, del interior profundo, de los lugares donde nosotros nos hemos criado, donde jugábamos a la pelota, donde nos hacíamos de amigos y a través de los clubes del barrio nos conocíamos con tanta gente”.
Con el ejercicio de escribir y las ganas de compartir "Daiana, de qué planeta viniste", el "Turco" sigue motivado en esta temática, porque entiende que “el fútbol es una cuestión cultural donde se ponen un montón de cosas en juego”.
Daiana, de qué planeta viniste
Se citaron dos días después del baile, en el mismo Polideportivo Comunal, pero esta vez al costado de la pista, donde hay una cancha en la que juega como local el Club Atlético Fortín Olmos.
La noche aquella arrancó torcida. Y terminó más o menos parecido. Ya clareaba cuando empezó a conducir, no sin antes encender la radio del pueblo donde un locutor de voz añosa preguntaba cómo había estado la bailanta y pasaba chamamé para arrancar el día bien arriba. Empezó el regreso para su pueblo por la ruta maltrecha y desierta que hacía parecer más largo el camino. Con bronca – y él llevaba bronca – era más difícil cabecear y quedarse dormido. No hay mal que por bien no venga, pensó. Se sabía esa travesía breve de memoria. El cruce de la 40 y la 3. El giro hacia el norte para pasar por Garabato, muchas rectas, un abrir y cerrar de ojos por la casi imperceptible Estación Colmena y la llegada al pueblo donde tenía su casa de techo bajo, cerca del cartel con letras corpóreas que anunciaba que, efectivamente, uno estaba en Intiyaco.
Al pedo le dijo que el chamamé era más popular que el fútbol. Al reverendo pedo. Ocho bailantas pasaron hasta que ella le dijo que sí, que se encontraban en el baile, que estarían juntos, que compartirían la noche. Y cuando empezaron a dar vueltas en la pista, ella con una falda azul ceñida a la cintura y una camisa blanca con bordados, él con bombacha y chaqueta negras, camisa clara debajo de una faja ancha donde asomaba el facón y calzado sobre botas con espuelas, mientras el resto seguía el ritmo, cruzaba miradas, iba por lo gestual, a él se le ocurre el exabrupto. Era bailar y esperar. Pero no. La Daiana se puso como una furia. Y si bien no dejó de bailar, ella apartó la mejilla que durante la danza casi tocaba la de él, se le puso cara a cara y le dijo sin tapujos “sos un pelotudo”. Fuerte se lo dijo, porque no menos de diez parejas de los alrededores escucharon nítidamente a pesar de que estaba tocando el Pantera Gómez y los decibeles estaban altísimos.
Él tampoco dejó de bailar. Apenas hizo un ademán de estupor que duró una milésima de segundo y el humo del asado con cuero no dejó ver que se había puesto colorado como un morrón. Tuvo otra oportunidad de quedarse callado, pero no pudo, no supo o no quiso hacerlo. Primero se despachó con algunos ejemplos pobrísimos. Dijo que a los bailes de Olmos iba más gente que cuando el equipo jugaba contra algún cuadro de Vera. Y que lo mismo pasaba en su Intiyaco, en Los Amores y en Tartagal. Lo bueno es que la Daiana, endiablada y con las cejas fruncidas y apretadas, tampoco se las tomó y siguió bailando. En un momento él hasta se tocó el facón. No era un hombre violento, pero no se esperaba semejante reacción y pensó que quizás lo necesitara para defenderse.
Buscó argumentos más sólidos. Le dijo que el chamamé ya se bailaba en el siglo XVI, cuando no había partidos de fútbol por ninguna parte. Que se saboreaba cuando no había nación ni nadie dividía a la gente por paraguayo o argentino, por correntino o chaqueño, sino que todos eran igualitos. Que además era hijo de la tierra, como los guaraníes y como los antepasados de ella y de él, que no sabía por qué carajo le habían puesto Jonás, pero se reconocía de sangre originaria, mezclada con criollo, un hijo del norte de Santa Fe, donde se aprende a bailar el chamamé antes de saber caminar y se hace sapukai cuando al patrón se le saca un aumento, cuando llega un hijo o cuando una mina como la Daiana acepta bailar toda la noche con uno.
Todo cierto, menos eso que dijo que ella no aceptó. Porque ella también era una chamamecera, pero con una disidencia. Antes de caminar, allá en el monte donde a la noche acechan los pumas y a la siesta duerme alerta el yacaré, aprendió a manejar la pelota como un orfebre y en la escuelita rural, primero le decían “machona” pero después se rindieron a esa música que ella hacía con los pies y hasta la supervisora había venido una vez desde Santa Fe para verla jugar. Y que una vez un profe de educación física le puso Daiadona, porque era mitad Daiana y mitad Maradona y que, por esas cosas de la vida y del trabajo y la maternidad prematuras, no se había podido ir a jugar a Buenos Aires, donde la hubiera hecho trapo y no le hubiera tenido que explicar tantas cosas a “boludos como vos, Jonás”, porque así le dijo como últimas y quirúrgicas palabras seleccionadas para el muchacho.
Cuando el hombre entró al patio de tierra que estaba delante de su casa de ladrillos huecos sin revoque, la madre estaba cebándose unos mates sola a la sombra de un algarrobo amarillo, mirando el horizonte más allá de los aromitos florecidos que, todavía diminutos, intentaban disimular la aridez del paisaje. Trasuntaba una tranquilidad que se podía alterar de momento porque ella era una comadrona renombrada y en el pueblo había dos inminentes nacimientos y era poco probable que las parturientas llegaran a parir al hospital de Reconquista. Enseguida se dio cuenta que el Jonás no la había pasado bien en Olmos. Igual, ella no era que fuera a darle ánimo. Cuando él le contó cómo se fue desmoronando la relación que nunca fue con la Daiana, ella no hizo más que darle la razón a la chica.
Y eso que no alcanzó a contarle todo. Porque la perorata en el baile duró tanto como la noche misma, con la particularidad de que la Daiana no dejó de bailar, de modo que los intercambios se dieron en la pista, ante el comentario de las familias no danzantes que estaban sentadas en sillones alrededor del círculo gigante que dibujaban las parejas al bailar con una sincronización elegante e inexplicable. Habían llegado pertrechadas con repelente, conservadoras gigantes con porrones o fernet, mucho hielo y la lengua afilada, porque sabían vida y milagro de todo el mundo. Daiana y Jonás permanecían agarrados. Los brazos derechos extendidos hacia arriba con las manos entrelazadas y los brazos izquierdos semi abrazando al otro, el de él más cerca de la cintura de ella, el de ella más cerca del omóplato de él.
La único que, mientras las otras parejas sonreían o se cruzaban miradas incisivas y eróticas, ellos no. Seguían tan enredados en el baile como en la discusión. Porque ella no le dejó pasar eso de que el chamamé es anterior al fútbol. Le dijo que los aztecas y los mayas jugaban a algo parecido hace tres mil años, que los chinos, trescientos años antes de que María fuera la mamá de Jesús y muchos antes de que “inundaran el mundo de juguetes plásticos de mierda”, ya pateaban la pelota. Y que lo propio hicieron los coreanos y que no seguía contando porque no era su idea impresionar a nadie con sus conocimientos, sino simplemente que el Jonás entendiera de buena manera cómo eran las cosas.
En un momento él le soltó la mano y le dijo “pero Flaca, lo que yo te quiero decir es que”. Y eso fue todo lo que pudo pronunciar. Porque la Daiana le dijo que no le gusta que le digan Flaca, que ella no era Flaca sino percherona, como Diego. Hasta que otra vez se trenzaron las manos y el Jonás se aprovechó del silencio breve y le esgrimió que el chamamé, está bien, no habrá sido entonces antes que el fútbol, pero tenía corazón africano y guaraní en sus movimientos de baile, influencia de los inmigrantes europeos en los instrumentos y sangre obrera de los esclavos que llegaron a Corrientes, de la peonada mestiza y criolla de La Forestal. Que tenía la alegría de esa gente en el baile y su misma tristeza por el jornal escaso en tantísimas letras. Y que entonces el chamamé era la argentinidad misma. “Y digo la argentinidad y no la porteñidad”, aclaró el Jonás que, cuando vio que la Daiana se iba serenando al ritmo de un chamamé maceta, hasta se animó con que “en cambio al fútbol lo trajeron los ingleses”.
Todo eso ni se lo había contado a la madre. Recorrió cada palabra acostado jugando a imaginar figuras con la humedad del cielo raso hasta poder dormir. Pero por un agujero del yeso envejecido se filtraba un rayo de sol incordioso denotando que a la chapa le faltaba un clavo y que iba a ser complicado conciliar el sueño. Igual descansó un rato. Se levantó un par de horas después y fue por la hazaña de conseguir una Manaos bien fresca en la sacrosanta quietud del feriado. El pueblo ardía desde el poco pavimento y una lagartija asustadiza parecía ser el único ser vivo que se animaba con el sol del mediodía. Giró lento camino de la estación de servicio y de pronto, como si fuera una historia de aparecidos, vio la silueta de la Daiana, que efectivamente era percherona, y que venía de frente por la misma vereda como si un duende bienhechor hubiera decidido que algo así le tenía que suceder al domingo.
A ninguno le quedó otra que sonreír y ella se animó primero con que hubo una gran casualidad porque había venido hasta Intiyaco a visitar a su tía Clorinda y que a la tarde nomás se volvía para Olmos; pero él le dijo que, por alguna gambeta futbolera, o quizás por algún paso mágico chamamecero estaban ahí, el uno frente al otro y que a lo mejor eso quería decir que tenían que volver a encontrarse. Entonces la Daiana echó una sonrisa rotunda que a él le hizo transpirar todavía más la remera sudada y fue ahí cuando – como ha quedado dicho – se citaron en el Polideportivo, que fue el lugar que propuso ella y él no estaba en condiciones de pedir lugares más románticos, como podrían haber sido el arco de entrada o un recodo de esos senderos que terminan en pastizales altos cerca de algún bañado.
A la hora señalada y carcomido por la ansiedad el Jonás desandó el camino que tantas veces había hecho con su padre cuando laburaba de peón golondrina y se presentó en el Polideportivo de Olmos, donde contrastando en colores con la gramilla verde de los costados y la tierra marrón claro del centro del campo, ya estaba la Daiana vestida con los colores de la selección argentina y con una pelota número cinco abrazada con un brazo en jarra. Se dieron dos besos, uno en cada mejilla y ella, como una continuidad de la conversación de la bailanta, le dijo que, si hubo un tipo que llevaba el fútbol y el chamamé en el alma y en las piernas, ese era Diego Armando Maradona. Porque Diego fue concebido en Esquina, en la provincia de Corrientes y porque si al fútbol lo trajeron los ingleses, él se encargó de demostrarles que, así como los piratas roban la materia prima para ponerles su producción, acá en el sur del mundo hacemos al revés. Que le robamos la pelota - la materia prima – y encendemos la chimenea de la creatividad para convertir la manufactura en arte.
Ahí nomás la Daiana agarró la pelota y le pidió al Jonás que hiciera como si fuera alternadamente cada uno de los cinco ingleses que Diego desparramó aquel día glorioso que todos sabemos sin nombrar. Hoddle para un lado, Reid para el otro, Butcher a la carrera, Fenwick de un saltito y el arquero Shilton – en este caso el Jonás - desparramado en el piso. Y ahí nomás la Daiana que se tiró arriba del golero y lo besó una y otra vez, mientras le decía con un tono susurrante alejado de los gritos de la otra vez, que para gambetear en el fútbol se usan cosas del baile del chamamé, que no sabía bien si el fútbol y el chamamé son primero en los pies o en la cabeza, pero que no había ninguna duda que atraviesan el corazón.
El Jonás sintió que alguien le había enviado ese barrilete cósmico y atinó a decir que a él también le gustaba el fútbol y que, como el chamamé o como el amor, él no niega nada que venga del pueblo. Como las alegrías suelen ser fugaces como un gol o una bailanta, no ha sido posible adivinar el futuro de aquella noche increíble, que solo fue observada por un búho indiscreto que girando su cabeza a 90 grados sobre el poste en el que estaba los vio perderse por un camino rural.
























